Anahí
- 27 sept 2017
- 2 Min. de lectura
Casi terminaba el show, hacía calor y ardían mis manos por falta de costumbre, no era primera vez que Mauricio, me invitaba a acompañarle en el cajón. El lugar era una suerte de templo caraqueño a la salsa, que concedía su espacio los miércoles después de la clase de baile a los cantautores. Me invitan a tomar la guitarra y cantar un par de canciones; termino mi intervención y Mauro, como buen cubano, cierra la noche con la infalible Guantanamera. Bajamos del escenario eufóricos y contentos, abrazados de sed. La barra del lugar brillaba en la distancia, nos acercamos a brindar por la amistad y por esa sensación indescriptible que la música genera. Muchos amigos presentes, conversamos largo rato. La cadencia invisible de la salsa, sin darnos cuenta nos tomaba en su regazo haciéndonos partícipes del baile. Salíamos agotados y contentos, una amiga me ofrece acercarme a casa; por suerte, en el coche una chica que venía mirando desde mucho rato conversaba alegremente. El trayecto fue corto, cruzamos par de palabras y su nombre quedó sellado en mi pensamiento de manera definitiva. La luz del día siguiente tenía algo de particular. Abrí los ojos y su nombre seguía tomando fuerza. Salí de casa en el trayecto habitual a mi trabajo, invadido por esa energía tremenda de la creación y comenzaron a llegar las palabras con su melodía, como nunca me había ocurrido: “Anahí, me sentí con valor / Me forjé con la espada / Me enfrenté al dragón, al diablo y a la maga / Me escudó, la canción que te escribí / Mi señal, mi lanza dorada”. Encantado con lo que ocupaba mi pensamiento, sentí mayor curiosidad por la procedencia de aquel nombre y haciendo uso del Internet al llegar al trabajo di con esta fabulosa leyenda Guaraní, que cuenta cómo esta joven perteneciente a una indomable tribu en las riberas del Paraná, deleitaba a su gente con canciones inspiradas en sus dioses y su tierra. Llegan los invasores y todo ese amor por su pueblo y por el mundo que conocía, fue transformado en ira, convirtiéndola en guerrera feroz. Al ser capturada luego de varios intentos, atada a un árbol, la condenaron a la hoguera y prendida en fuego, elevó su canto mientras su piel era consumida por las llamas. De las cenizas, nace el árbol del ceibo, de flores rojas e intensas aterciopeladas, símbolo nacional del Paraguay. Al leer esta preciosa y triste historia, continué mi camino en la construcción de la canción. Vinieron las estrofas y por último la guitarra; que casi siempre es para mí punto de partida, dando a conocer la armonía del acompañamiento. Al fin terminada, hice una grabación temprana, con la idea de hacérsela escuchar a esta chica que apenas conocía de la noche anterior y que había generado toda una revolución en mí. Como casi todas las historias de la vida real, tras un largo cortejo, no pude quedarme con ella, pero en cambio obtuve esta canción, que ha marcado un antes y un después en mi carrera como cantautor. Con ustedes: Anahí.


















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