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Este soy yo

  • 26 sept 2017
  • 2 Min. de lectura

Corría el año de, no me acuerdo cuando, vagaba por la vida, haciendo, a diestra y siniestra, lo que me venía en gana y, como buen cazador de la “era moderna” y galancete de moda, era un intento de casanova, más bien un Don Juan cualquiera. Mis presas preferidas: las féminas en desdicha emocional, buscando, en cada esquina, al príncipe azul de las rescatara de su aburrida realidad. Cabe decir que cada una de ellas era bella en su forma, efecto y defecto, ninguna demasiado desagradable, ninguna demasiado agradable, pero servían para lo que buscaba alimentar: el ego de un pirata errante.

Así andaba yo, despreocupado, sonriente y arrogante. De repente, como si fuera tal cosa, el destino me dio un revés, que no vi venir por ningún lado, pero, con fuerza avasalladora, derrumbó todo el mundito y pequeño reino, entre nubes, que había creado de mí para mí: me topé de frente con una mujer, una mujer de la cual jamás me habría enganchado, sin embargo, me enganche. Ella era tan simple y, a la vez, tan mágica, tan común y, a la vez, tan enigmática.

Me descubrí queriendo darle todo de mí ¿Todo de mí? ¡JA! ¿Qué era yo? ¿Qué tenía para dar? ¿Estrategias hollywoodenses del amor comercial? ¿Ese “amor” que sale en cajitas de cereales o viene en recetas domingueras de cómo y cuándo conquistar a alguien y ser dueño de él a la hora que uno se le venga en gana? ¡NO! Ella no era de esas, ella era de las que saben que hay dentro y fuera de sí, aunque no sea una muñeca de aparador regida por lo que uno debe ser, según las domesticaciones de las clases sociales. Ella no era una Barbie cualquiera.

Vi dentro de mí, en lo más profundo de mí, donde ni siquiera yo había asomado las narices en años, años que parecían siglos, por toda la suciedad incrustada que encontré ¿Eso quería darle? ¿Eso quería mostrarle? Vaya dilema en el que me encontraba: un conquistador sin saber cómo conquistar.

Estando ahí me di cuenta de algo: ella no necesitaba estrategias, lo único que haría que su mano tomara la mía y caminara por siempre a mi lado era justo eso, mostrarle, en tiempo y forma, lo que yo estaba viendo, lo que realmente era yo. Y así lo hice, con sudor en las manos, con el estómago revuelto y con un miedo que me tenía al borde del desmayo, la invité a pasar y a quedarse, ella entró y con su magia todo lo lleno de amor, de luz, de armonía. Yo moría de miedo, de no saber cuidar eso, pero ella, con una paciencia casi, casi de jardinero, sembró en mí la más bella de las semillas y esta floreció en la inmundicia, como florecen las más bellas flores en los páramos desiertos.

Ahora ella es dueña de mis sonrisas y yo soy el conquistador de sus más grandes anhelos. Amo todos sus defectos, ella ama todo mi ser imperfecto.

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