Detrás de la pantalla
- 26 ene 2017
- 3 Min. de lectura
Todo comenzó una noche cualquiera en la que estaba revisando mi TL en Twitter, cuando de pronto me di cuenta que un buen amigo se encontraba cenando con la susodicha en alguna de esas reuniones en las que los famosos se llaman como se llaman y dejan de ser famosos para ser como cualquier persona. En mero tono de broma escribí a mi amigo, pidiéndole que diera a ella un recado de parte mía. Algo así como que yo sería capaz de peregrinar hasta la puerta de su casa, con la lengua, solamente para poder decirle «hola». A lo que él me contestó «Pues, deberías decírselo tú, ¿por qué no le escribes una canción?». Confieso que nunca se me había ocurrido la idea de escribirle una canción, en primera por ella ser ella y por yo ser yo; y en segunda porque uno no va por la vida escribiéndole canciones a cuanta gente se nos cruza en el camino. Pasaron un par de días y la espina de escribir la canción se me iba clavando más y más adentro. Sabía el tema y al mismo tiempo no. Es decir, no sabía si la canción debía hablar de mí y de lo que ella desencadena o si simplemente debía ser una colección escrita y cantada de todas las virtudes que ella (seguramente) ha de tener. En pocas palabras: sabía el destino pero no sabía la ruta. Una tarde de domingo la idea llegó volando a toda velocidad y se estrelló con el cristal de la ventana cerrada de mi cabeza: La canción iba a hablar de ella y un poquitito de mí (mejor dicho, de lo que yo sentía a partir de ella) e iba a incluir su telenovelografía completa en estricto orden cronológico. Comencé con el trabajo de campo: documentarme cual erudito griego sobre su carrera, tomar apuntes y empezar a armar una historia a partir de los títulos de las telenovelas en las que ha participado, desde la primera hasta la más reciente. Escribí y escribí y la canción casi se iba construyendo sola. Sin darme cuenta tenía escrita la mitad de la letra de la canción; era momento de irme al piano y empezar a musicalizar. La melodía estaba colgada del texto, no tuve que trabajar mucho para descolgarla. Lo primero que salió fue una balada lenta y diabéticamente cursi; la grabé en mi celular y la estuve escuchando toda la tarde. Al cabo de unas horas, decidí llevar la canción a la guitarra y darle un poquito más de groove al asunto. Me encantó el resultado. El resto del texto salió más rápido que de costumbre. ¿Habrá sido que se sintió bastante cómodo en la música que le propuse? Creo que nunca lo sabré. Había que grabarla y subirla para que estuviera disponible en línea. ¿Quién sabe? Capaz que por algún golpe de suerte o por algún extraño e impredecible accidente le llegaba a los oídos a su auténtica dueña. Nunca me imaginé lo que iba a pasar. Subí la canción a mi cuenta de SoundCloud para después compartirla vía Twitter arrobando a la destinataria a manera de rótulo en el sobre de una carta. Al cabo de unas horas, los RTs eran muchos y la canción estaba siendo compartida por muchísima gente; todos, fans de ella, la destinataria, que se volvieron mis aliados y mis cómplices por el simple hecho de compartir algunas, mejor dicho: todas mis palabras. El tiempo pasaba y la canción seguía viajando; pero de ella, su dueña, no había ni señales de humo, ni huellas, ni nada. Comencé a resignarme a que nunca la iba a escuchar. Una mañana cualquiera, me desperté como de costumbre: despeinado y con la madrugada atorada en las ojeras, tomé mi iPad para checar mis pendientes (así se le dice ahora a la labor de checar redes sociales) y me di cuenta que tenía un DM en Twitter. Pasé de él porque tenía mucha hambre y el desayuno ya me estaba gritando desde el comedor. Adivinen de quién era. Solo diré que fue el más bonito acuse de recibo que me han dado en toda mi vida.


















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