Tonto corazón
- 5 mar 2017
- 2 Min. de lectura
Cuando las decisiones que has tomado te ponen en jaque con la vida, y tu deseo más ferviente es convertirte en cenizas para que te lleve el viento y sentirte parte del universo otra vez, la razón y el corazón, se sientan a charlar con una taza de café y muchos cigarrillos, tratando de remendar y enmendar, el despojo de ser humano en el que te has convertido.
En mi caso, como el de muchos, esas decisiones tienen nombre de mujer y unos ojos que convirtieron infiernos en paraíso y viceversa.
Me volví experto en relaciones tormentosas y ella fue mi graduación al ilusionarme con su sonrisa, sus gustos, su belleza y la maldición de no tenernos; yo estaba viviendo ya con alguien y aceptar que ya no la amaba con todas sus consecuencias, era una idea que me aterraba de sobremanera. Yo sin dinero suficiente (la historia de mi vida) para hacerle caso al corazón, me vendí por un par de monedas y sucumbí ante la razón; y aunque mi corazón gritaba desesperado que no lo hiciera, me rogaba, me suplicaba que le diera una oportunidad, un día, la aleje de mi vida.
Ella se fue y no me alcanzó el valor para demostrarle que había imaginado una vida a su lado, que fue mi mejor musa, mi inspiración. Se fue y no me alcanzó el tiempo para decirle que me enamoré.
En aquella charla, de aquella noche, los argumentos del corazón fueron aplastantes, y la razón, llorando de impotencia, rogó que la perdonaran.
Desde entonces me dejo llevar por el viento, escuchando, a veces como una leve brisa en mi oído, a veces como un grito que no deja lugar a la duda, todo lo que mi Tonto Corazón tiene que decirme.


















Comentarios